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Uy, la dieta

Miro el cilindro apretado, aplastado y blancuzco de atún justo cuando cae de la lata sobre la superficie del picador. Agarro un cuchillo grande, el más grande que tengo, y comienzo a picotear en cuadritos, de arriba hacia abajo y de un lado hacia el contrario. Entre corte y corte sigo observando y hasta sintiendo tristeza por el plato desabrido y seco que en unos minutos me meteré al cuerpo. Esto me pasa por cerda. En los últimos años he devorado cuanta cosa aparece dentro de la pirámide alimentaria y ahora no me queda otra más que pagar las consecuencias.

Es que mi amigo Javier, que es alto, guapo, abusador y figura de televisión, es experto en eso de las dietas y me ha enviado una por e mail que intentaré hacer. Intentaré, dije intentaré. Hacer dieta en plena época navideña es un acto heróico de mi parte, motivado entre otras cosas por los vestiditos nuevos que quiero lucir con la mayor dignidad posible y sin sentir en mis carnes ese complejo de embutido en empaque familiar sellado al vacío. Además, seamos sinceros, dos libras que rebaje son dos libras que podré comerme de morcillas, lechón,  arroz con dulce y tembleque.

Me tembló el pulso al abrir el correo electrónico que traería la solución a mis treinta libras extras. Javier tan lindo, tan santo, me dijo el otro día que bajar de peso es algo muy sencillo, que sólo tengo que hacer ejercicios y comer bien. ¡Pero si yo lo hago! “Darling, yo camino y camino y camino y como más bien que el carajo”.  “No, no, chica, tienes que hacerlo en serio. Te voy a enviar una dieta, la haces y caminas T O D O S los días sin fallar por lo menos media hora”. ¿Todos los días? ¿Y el blower? ¿Y cuando llueve? Imaginé su respuesta antes de que la dijera: pues quédate gorda, pues.

Ni modo, aquí estoy, intentando hacer esa dieta que me dejó fría y petrificada. Cereal en la mañana, dieciséis onzas de agua, batida de proteína, pechuga de pollo o carne roja bien lean en el almuerzo, con media batata, media papa, media yautía o media yuca.   Esto es casi como partir la vida en dos y vivirme solamente una mitad. “Coño Javier, ¿te engancharías con media mujer, firmarías medio contrato o te tomarías medio trago?”  Y seguía la cantaleta dietética: dieciséis onzas de agua, ah, y ensalada sin dressing (puedes usar vinagre), me dice. Para la cena pechuga, pavo, pollo o pescado, lechuga o repollo, otra vez sin dressing y otra vez con el único sabor del vinagre; y por supuesto, las cabronas dieciséis onzas de agua.

Supongo que me orinaré encima. No hay más que hablar. Chequearé si consigo un portolet verdaderamente portátil, algo decorado con diseñitos modernos  que pueda doblar y colocar en algún lugar del carro y/o la cartera. Pero bueno, aquí vamos picoteando este jodido atún al que por algún karma crearon tan antipático y desabrido. Yo que lo defendía tanto en mi época de adolescente, cuando alzaba la voz de aprendiz de ambientalista para que no los atraparan junto a los delfines. En realidad defendía a los delfines, que pagaban justos por pecadores en las redes de los pescadores, pero a fin de cuentas la tunita se beneficiaba.

En la nota de Javier no menciona ni por casualidad el aceite. ¿Pretenderá que esto me baje por el gaznate a secas? Pero bendito, si es como comer papel. ¡Que se joda! Venga el chorrito de aceite de oliva que es bueno para el colesterol. ¿Y sal? Ah no no, ¡sin sal no! Pero si me lo enseñaron en aquella cancioncita de la iglesia: “todos somos la sal de la tierra’’… ¡Venga un puñado de sal! ¿Media papa? Ay bendeto mejo…. Pero con razón rebajan si es que esto reduce hasta el más recóndito chichito del cuerpo y lo que encuentre en el camino también se va.

¡Prueba número uno superada! Déjame cerrar los ojos para que el tiempo pase rápido y sea hora ya de merendar. ¿Batida de proteínas? ¡Santo Cristo de los Milagros, ampárame Divina Pastora! Eso sí que no, que no, que no, que no. Ese polvo que se convierte en una churretada ni a jodidas me lo tomo yo. ¿No les parece mejor un cafecito? Lástima que no podamos ponerle por el ladito una tajada de bizcochito de limón, pan de maíz o alguna de esas delicias de la pastelería.  Okey, merendaré café negro con azúcar de dieta. ¡Vaya, vaya qué merienda!

De sólo pensar en la pechuga me da un bioco mental.  Nunca me ha gustado mucho por extra blanca, extra insípida y extra necesitada de sobos y masajes con hierbas y sales para que adquiera un poquitín de sabor. Del pollo y del pavo me gusta la negra, la carne más blanda, sabrosa y la que abraza con mayor cariño los mejunjes de aceite, ajo, orégano y otras hierbas buenas y malas. Mmmmm, pero esa es la que supuestamente engorda. Veré qué hago con esta parte de la dieta. Habrá que negociar con mi estómago y, como se supone que pase en las cumbres de los gobiernos, ceder un tanto.

De la lechuga ni hablar. A mi me encanta, nací lechuguera, pero imaginármela seca y sosa son otros veinte pesos. Con un aderezo avinagrado y amostazado por el cual soy famosa en la familia me trago hasta el cogote blanco que la mantiene unida. Pero a vinagre solo ni hablar. Es que estoy segurísima de que eso no le baja ni al más desesperado de los glotones. ¿Y sin sal? ¿Otra vez la prohibición de la sal?

Que no, que no, que la lechuga se come bañada, literalmente bañadita en oliva y balsámico y sal, mucha sal. Pero ahora comprendo por qué esa gente que encuentro fabulosamente flaca y flacamente fabulosa se ven tan regias…. No es que pierdan peso, no. Es que se van encogiendo. Digo, que me refiero a los que rebajan, no a los que son envidiable y naturalmente flacos a pesar de tragarse el supermercado.

A los que me refiero la falta de grasa, fritanga, azúcar y carbos los va deteriorando, se les mengua hasta la lengua, se reducen por lo alto y por lo ancho. Para colmo se van arrugando, como no tienen sal para preservarse pues la piel se les va surcando. Y a esto se suma que muchos de ellos tienen el carácter avinagrado, supongo que por los restos de ese líquido único con el que se bajan las hojas de lechuga. De las batidas de proteína repito lo anteriormente dicho, ni hablar.

Si sigo la dieta al pie de la letra terminaré en un hospital. Atragantá, seca, ahogá y deshidratada, menguada y avinagrada…  Bueno, pero flaca.

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