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Tenis viejas, tenis nuevas

Con parsimonia y casi con dolor en el alma me despido de las tenis viejas. Practico la ley del desapego y las echo al zafacón. Son unas Reebok que deben tener más de diez años, en principio muy blanquitas pero grisáceas ya, que me regaló mi marido cuando se dio cuenta de que mi decisión de hacer power walking para sacudirme el moho del cuerpo iba en serio, muy en serio. Y me cuesta, me cuesta desprenderme por más ridículo que parezca.

Con los años he ido formando una colección – de esas que la gente finé llama privadas – de cosas, de objetos con los que he creado cierta relación, vamos, afectiva. Como por ejemplo unos zapatos de veintitantos años que permanecen sentados en un rincón de ese clóset apretado en el que ya casi no cabe nada. Son unas mulas de tacón bajo,  puyúas y de tafetán negro cubiertas de canutillos negros también que compré cuando trabajé como relacionista de la telenovela Al Son del Amor, que se filmó entre los caíllos del monte y las cacas de caballo de la Hacienda Carabalí. No me las pongo porque sospecho que crujen y son capaces de desmonorarse,  pero me gusta tenerlas ahí.

Apretadas entre el reguero de ganchos tengo túnicas y blusones viejos que me empeño en conservar. Como esa gris con bordes negros que usé cuando presentamos Cuarentaytantos en Punto Fijo, hace unos siete años, y con la que me sentía bastante segura en mi atrevimiento de pisar un escenario. En las gavetas, separadas en bolsitas transparentes, guardo collaretes y gangarrias que han pasado con bastante dignidad de un siglo a otro y que todavía arrancan algún piropo cuando me las pongo.

En un chiforove en el comedor guardo un juego de copas de cristal Baccarat que me regaló mi tía antes de morir y que compró de recién casada, lo que debe sumar unos 60 años de vida a esas copas entre las que destacan aquellas redondillas y anchas que se usaban para el champán. Escondido en ese mismo recinto maderero tengo un bolso plástico que ha durado treinta y tantos años y que guarda un set completo de cubiertos de un dorado chillón, brillantón y feísimo que me pasó mi mamá como si me estuviera entregando el mismísimo sol. Mi marido se muere por botarlos y acá entre nos confieso que son una reliquia espantosa que conservo única y exclusivamente porque eran de esa santa mujer que me parió.

Regresando a mi clóset, que es un espacio bastante rebelde e incomprendido, en la tablilla sobre la ropa hay una caja larga, rectangular y floreada donde guardo una batita de dormir de mi mamá, sus espejuelos, uno de sus jabones y una libretita pequeña y negra de direcciones para que nunca se me olvide su olor, su mirada y su letra. Amarrada a esa caja hay otra, pequeña y blanca, que contiene el libro horroroso que firma la gente que va a los velorios.

Y si sigo no paro, pero si hay algo que colecciono de verdad son los afectos, los respetos, los quereres y los amores. En mi vida la gente es de años. Por suerte la mayoría llega y se queda, aunque siempre hay alguno que llega y por fortuna se va.  Son relaciones que trascienden el tiempo, de esas que se construyen con madera fina, difíciles de quebrar, impermeables a los embates de los errores y equivocaciones que sin querer cometo o cometemos, de una fortaleza envidiable y cubiertas de un manto invisible que se llama solidaridad y que aparece cuando es necesaria tal y como como aquellos muñecos que venían dentro de una lata, con unos muelles que les hacían saltar cuando se le daba vuelta a la manija. 

He aprendido a soltar. Me ha costado, pero lo he logrado. Todavía me queda espacio en el corazón para lo nuevo. Pasa como con las tenis, tengo que dejarlas ir para recibir esas de modelo nuevo, modernísimas y livianas que me acompañarán sabrá Dios cuántos años más. Son unas Addidas regalo de Lorena, quien al igual que su padre ha entendido que debo seguir caminando cada día hacia un día más.

Con las tenis viejas echo también a la basura todo lo negativo de este año porque me toca – y es una obligación – hacer espacio para lo bueno, para lo lindo y lo positivo que inevitablemente habrá de llegar porque sí carajo, porque sí.