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Me han pedido que me describa y lo cierto es que no sé por dónde empezar. Ay virgen, quién soy, a dónde voy, cómo me llamo…

Soy mujer, esposa, madre, amiga, profesional, puertorriqueña y ciudadana del planeta. Tengo 55 años intensamente vividos que iniciaron en el vientre de una madre estupenda, inteligente y de origen sencillo que desde el 2005 no está conmigo sino en una parcela de esas que se reservan allá arriba para la gente buena y gracias a la colaboración de un padre que poco después nos abandonó.

Aterricé en este mundo en un parto difícil porque nací “de pie”, o sea, que en vez de asomar la cabeza decidí pisar primero, quizás para tantear lo que me esperaba.

Me crié en el seno de una familia distinta, de esas que ahora llaman disfuncional pero que en nuestro caso funcionó a las mil maravillas. Un abuelo policía, que le guardó las espaldas al entonces gobernador de Puerto Rico Luis Muñoz Marín y una abuela fantástica, sin estudios, con esa sabiduría sensacional que da el campo y con una capacidad impresionante para el amor y la ternura. Con esa misma capacidad le torcía el pescuezo a las gallinas para hacer un caldo hirviente, espeso y sabroso del que comíamos diez. Si, diez, porque mi casa era una gran tribu compuesta por los abuelos, mi madre, mi hermano Tito, mi tío Rafael, mi tía Elsita y mis primos – a quienes considero mis hermanos, Annette, Rafa, Jose y Grace. Vénganse encima los amigos que llenaban la casa porque disfrutaban de la sabrosa cocina de Lolita – mi abuela, que se llamaba Aurora y terminó siendo Lola y por ende Lolita.

En nuestro hogar pululaban los olores que desprendían las ollas y sartenes de mi abuela. Olía rico. El recao, la cebolla, el pimiento, y el tocino frito aromatizaban toda la casa y se confundían con la fragancia de hierbas y frutas provenientes de las plantas sembradas en el patio. Todavía hoy tengo esa sensación en la nariz y suelo empatar mis recuerdos con el olfato. De vez en cuando voy a mi patio, arranco una hojita de recao, la parto y se la pongo en la nariz a mis hijos. “A esto huele tu país, éste es el olor de nuestra patria”.

Estudié con esfuerzo entre la escuela pública y el colegio que eventualmente mi madre pudo pagar. Estudié además guitarra, piano, música en general y me metía en cuanto saltimbanqui aparecía. Desde obritas de teatro hasta poesía coreada negroide, que era lo que más me gustaba en las tablas porque siempre me ha encantado el ritmo. Es más, he sido casi bailadora profesional, de esas que terminan la fiesta descalzas y llegan en la casa en puntitas a las tantas de la madrugada. Me encanta bailar, entro como en una especie de trance en el que se me olvidan las penas que cargamos encima en esta nueva economía mundial tan jodida.

Siempre he sido apasionada, bocona, visceral. Digamos que en mi delivery soy bastante opípara, quiero a borbotones, abrazo apretao y beso que dejo el rastro de lápiz labial. Hablo a boca de jarro, río a carcajadas, en fin, que todo lo que soy lo gasto para no quedarme con nada cuando me vaya.

Estudié Comunicaciones en la Universidad de Puerto Rico por un empujón que me dio mi mamá y un par de becas que sudé. Entré, horror de los horrores, a estudiar Biología Marina, una rama interesantísima para la que yo tenía cero capacidad. Mi madre me conocía tan bien que insistió a fuerza de  una pécora que duró semanas, en que tomara el examen de la Escuela de Comunicación. Ya se lo sospechaba. Por alguna razón nunca me gustaron las muñecas y solo pedía de regalo libretas, papeles, marcadores y maquinillas.

Cuatro años después me gradué de un bachillerato que incluyó fantásticos pleplés en la placita universitaria, amanecidas estudiando y jelengueando y amistades que han durado toda una vida. Por alguna razón que todavía no me explico me fui a Nueva York para iniciar una carrera como periodista que me duró un año y que después me llevó por varios medios de comunicación haciendo, literalmente, de todo lo que se hace en una redacción. Era una época fantástica, de pasión y guerrilla, sin internet, sin celulares. Afortunadamente ya no se usaban las maquinillas en las que me dejé la yema de los dedos en la práctica estudiantil y existían unas computadoras anchas y regordetas, lentas ellas, que nos facilitaban las tareas un poco más. Un poco, dije.

De esa etapa conservo bien guardados en mi cerebro los olores a piso de madera, a tinta, a los químicos en los que se cocinaban las fotos del día, a papel de periódico. También guardo con celo el recuerdo de aquella euforia del trabajo sudado y bien realizado. Fantástico.

En la redacción de un periódico puertorriqueño, entre papeles y ruedas de pica, conocí a mi marido, quien para entonces era un hombre joven muy guapo y delgadito. Veintiséis años después, los dos menos jóvenes, menos guapos y para nada delgaditos, seguimos juntos y con una tribu. Quien nos conoce sabe que somos totalmente diferentes, dos polos opuestos y mega lejanos. El serio, parco, brillante y yo una petarda boquisuelta y payasa.

Somos como ese dibujito de la clase de ciencia en la que se juntan dos núcleos y una parte de cada uno se enlaza con el otro en el centro.

No importa cuán diferente seamos en personalidad, en los principios somos igualitos. Hemos desarrollado la capacidad de navegar por las tristezas, los fracasos, las pérdidas, los miedos fuertemente agarrados de la mano y de bailarle encima con paso fuerte a las alegrías, los triunfos y cada sueño que vamos logrando.

Nuestra tribu es originalmente de seis. El, yo y cuatro hijos que llenan nuestras vidas, nuestro corazón y vacían nuestro bolsillo. Parí a mis hijas a los 31 y los 32, se llevan un año y cuatro meses. Y ocho años después, al filo de mis cuarenta, llegaron los niños, unos gemelos varones fraternos. Pensamos que se nos había llenado la vida pero qué va, hace cuatro años llegó Gala, una perrita sata rescatada que se ha convertido en la reina de la casa. Con Gala fuimos siete y ahora se suman nuestros dos yernos y el fracatán de hermanos, cuñados, sobrinos, sobrinos nietos y amigos. Cuando digo que somos una tribu lo digo de verdad.

A los cuarenta se me disparó la vida. Algo así como cuando explota un fuego artificial que llega al cielo y se desprende en rutas y partes. Parí gemelos, falleció mi suegro, enfermó mi madre y murió un 3 de febrero, dos meses después nos dejó mi suegra, comencé a escribir mis columnas en Facebook, publiqué un libro (Uka Green Cuarentaytantos) y de atrevida presenté las columnas en un show junto a tres amigas. Todo esto en un marco laboral como publicista de una compañía disquera para todos sus artistas y en una plataforma familiar repleta de responsabilidades en todas las esquinas.

Escribir me encanta. Es mi pasión. No sé si por el ejercicio de escribir o si por el de vaciar mis historias que a fin de cuentas han conectado con miles de mujeres – y algunas decenas de hombres – que viven lo mismo que yo. Es una terapia, un desahogo, pero sobre todo es un punto de encuentro que ha extendido mi familia hacia miles lectoras/es con las que he formado una comunidad solidaria.

A esta edad ya no veo los ofrecimientos como una oportunidad. Qué va. Oportunidades fueron las puertas que se me abrieron cuando era jovencita. Ahora todo es una invitación a la aventura, a lanzarme a intentar algo nuevo que seguramente será emocionante, muy emocionante.

Así que aquí estoy, presentando este nuevo blog en el que seré todo lo que soy, en el que convivirán todas mis ramificaciones, mis locuras, mis protestas, mis opiniones. En esta página encontrarán todas mis plataformas de redes sociales, en la que disparo a diario todo lo que me mueve, me emociona o encabrona. y hasta invito a cadenas de oración y buena vibra. Total, a mis 55 tengo permiso completo de la vida para decir y hacer lo que quiero, como quiera y cuando quiera porque sí, porque me lo he ganado viviendo, porque hacer lo que me de la gana es un lujo que merezco. Desde esta trinchera espero seguir provocándoles la risa, asomándoles la lagrimita, exhortándoles a ver la vida buena y bonita. Que para desgracias y estrés tenemos el televisor y el periódico con las noticias.

Estoy segurísima de que conectaremos. A fin de cuentas de eso trata la vida, de no andar solos sino en buena compañía.

Gracias por estar!

Uka Green

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