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El periódico del domingo

periodico-enrolladoPara lo único que soy metódica en la vida que soy metódica es para la lectura del periódico dominical. Es un placer que disfruto en soledad y con una parsimonia anormal que a mí misma me deja sorprendida. Cada domingo me despierto tempranísimo, antes de que comiencen los ruidos típicos de un hogar de seis.

Bajo las escaleras y preparo, todavía medio ciega, la greca para colar el café caliente y sabroso que me despertará las neuronas. Salgo a la calle en pijama, siempre pendiente de que no haya vecinos a la vista que puedan captarme y subirme a YouTube. Camino al buzón, abro la puertecita y ahí está mi ejemplar esperándome, rechoncho, apretado y enrollado. Lo tomo en mis manos como a un bebé, evitando que se desenrolle de cantazo y se caiga en la acera. Linda me voy a ver en pijama corriendo calle abajo detrás de las hojas sueltas.

Entro y el café está listo, humeando ese aroma a hogar y a campo que tanto me gusta. Pero lo ignoro y atravieso la cocina para depositar el mamotreto sobre la mesa de la terraza. Comienzo a desmembrarlo guiada por mis manías, colocándolo en una torre al revés. La sección de viajes primero, porque es la última que leo. Clasificados, negocios, el suplemento infantil que debo entregarle a Lorenzo tan pronto se levante, el periódico principal, los especiales y como primer plato la sección de sociales. Es un ritual que hago con cuidado y esmero… conozco en carne propia lo que es parir una edición, así que lo hago con respeto.

Me sirvo un tazón enorme de café con leche, oscurito, sazonado con dos sobrecitos de azúcar de dieta que siempre me recuerdan lo que dice mi cuñada Arlene, que es veneno de ratones. Pero ni modo, como ratón moriré. El primer sorbo lo acompaño con el olor de la mañana, que me encanta, y en el que me regodeo por unos minutos. Si está lloviendo mejor, porque el aroma a tierra mojada es una de las cosas que más me gustan en la vida.

Entonces me sumerjo en la revista social. Y lo hago en solidaridad con todas esas señoras y señoritas de la haute societé  que seguramente no pegaron un ojo durante la noche esperando esa sensación casi orgásmica de contemplarse en esas páginas de eventos de alto copete. Me las imagino avisándole a todo el barrio, perdón, urbanización. Mi amiga Brenda aparece ahí de vez en cuando y al encontrarla me lleno de alegría y emoción. Ella es perfecta para esas páginas. Con su piel tan blanca, sus rizos perfectos, su rubio natural, sus vestidos finos, sus piernas envidiablemente gordas y sus sandalias a lo “Sex and the City”. Brenda nació chic. Un puñeta de su boca jamás sonaría como uno dicho por la mía. Es chic. Y así la quiero.

Mi página favorita es una en la que personalidades de industrias lejanas, escenarios firulísticos o ejecutivos de alto nivel local cuentan sus selecciones predilectas de música, restaurantes, ciudades y marcas. Me los imagino tecleteando en Google para encontrar títulos cachendosos de discos compactos que nadie ha escuchado en su puta vida, restaurantes con todas las estrellas posibles, marcas en idiomas extranjeros que ellos ni saben pronunciar.

Esa página me hace reír. Ninguno de ellos menciona ni a jodidas a Billy Van aunque se hayan estrujado bailando con su “Mata la cuaracha”. Don Omar, Yankee y Rkm y Ken Y ni soñarlo, a pesar de que sus hijas han perreado como la más perra de las perras. Tampoco aparece El Gran Combo, mucho menos la Sonora, ni siquiera Fonsi, Jeremías o Bisbal. Qué va. Me están cucando. Y uno de estos días haré protesta solitaria frente a la redacción, con un boom box gigante pa’ que escuchen buena música.

Los restaurantes son un cuento parecido. Ni pa’l carajo mencionan Piñones, la Casita Blanca, las fonditas de la Plaza del Mercado santurcina o el típico mata hambre de Bebo’s Bar B Q. ¡No saben entonces lo que es buena vida! Sus estómagos infelices se han privado del placer de un festival de grasa y colesterol. ¡Fatal!.

En materia de lugares favoritos buscan los nombres más remotos. Jamás fueron a Isla de Cabras, a Joyudas, o a Loíza. Sus nombres no aparecen en ningún parador de Jayuya y jamás, pero jamás de los jamases, rayados en la pared de alguna garita orinada de El Morro.

“Lifestyle’s of the Rich and Famous”,  podríamos decir.

Entonces paso a los especiales. Me joden las hojitas perfumadas de promoción que se resbalan y deslizan sin que nadie las llame. Me apresuro a tirarlas al zafacón porque a mi marido le dan una alergia que no hay quien lo soporte el resto del día. Me regodeo mirando las neveras, las estufas, las cámaras, video cámaras y computadoras. Los de las tiendas por departamentos no me gustan nada. Me resultan aburridos. Ya me cansé del modelo en la misma pose de siempre, como una estaca, mirando a lo lejos, tan planchado… y ellas, ellas tan flacas, pies en punta, con la mano en la frente para escapar de un lacerante rayo de sol.

Venderían más si fueran divertidos, alocados, reales, con gorditos y gorditas con derecho a verse fashion con reggaetoneros llevando mahones a media raja de nalga, con niños llenos de tierra e imperfectos, con viejitos verdes en camisetas de color. Otro marketing para mí sería mejor.

Veo los shoppers de los supermercados, siempre pensando en el bolsillo boricua, qué bien que sean tan considerados. Mi cuñada tiene una mente prodigiosa para memorizarse el precio por libra del filete y el bisté. Yo no acierto para nada. Será que la vida me ha destinado a ser Mrs. Costco, con un letrero de bulk colocado tanto en mi cuerpo como en el carrito de la megacompra que siempre me toca hacer. En esta casa todo se va. Comen como cabrones.

Las páginas de los detergentes y papeles de baño son mis favoritas. Los compro en cantidades industriales, como si al hacerlo no tuviera que comprarlos nunca más. En casa puede faltar de todo, pero papel para el culo, jamás.

El mamotreto es mi próxima víctima. Lo abro intentando llegar a las noticias de música primero. No quiero comenzar por el principio y que al entrar en espectáculos encuentre una noticia sobre uno de mis artistas que me haga infartar o que se me pegue un derrame cerebral que me deje con la boca virada, yo que hablo tanto. Respiro profundo, no ha pasado nada y salto a la portada principal.

Leo los primeros dos párrafos de cada noticia, con la regla del cómo, cuándo, dónde, quién y por qué, que me enseñaron en la Escuela de Comunicación y que me ha servido para todas las áreas de mi vida. Voy leyendo y a veces me voy encabronando. Para los gustos los criterios, pienso yo. A fin de cuentas es su periódico y yo todavía no tengo el mío.

Salto en pértiga los deportes. Es que no sé nada de nada, ni quién es quién, excepto por David Beckham, que está bien bueno, buenísimo. Patéame como a bola de soccer con todas las ganas de tu corazón, Davidsito mío.

Y llego a las esquelas. No voy a decir que me muero por leerlas, no vaya a darme un patatú de verdad. Las leo de principio a fin, saboreándome cada nombre y apellido extraño que aparece y que no voy a mencionar aquí no sea que alguno de ustedes lo lleve. Cuando buscaba nombre para mis hijos no podía evitar echar una miradita a las esquelas, pero gracias a Dios no encontré ninguno que me gustara como para nombrarlos en honor de algún muerto.

Las esquelas que disfruto con una sensación maquiavélica son esas en las que le hablan al muerto. O a la muerta. ¿Será que de verdad creen que su muertito les escucha? ¿Será remordimiento por no haberle dicho en vida todo lo que le tenían que decir? ¿Será que de verdad los muertos oyen y soy yo la que estoy perdiendo esta gran oportunidad de conectarme con los míos? Pues no sé, pero les cuento en secreto que mi marido y yo tenemos un pacto de amor y sangre, como los gitanos, que nos compromete a no hablarle a través de una esquela al primero que estire la pata. El me lo hace jurar doblemente, porque dice que con lo mucho que hablo terminaría pagando un suplemento. Así que la cantaleta mejor se la doy en vida.

Creo firmemente que si me hubiera atrevido a escribirle a Mami una esquela así, se me estaría apareciendo para pellizcarme los pies y halarme por las orejas.

Paso a los clasificados agarrada de un segundo tazón de café bien caliente. A mi marido le gustaría que me quemara la lengua para no tener que escucharme el resto del día. Pero qué va, a mis cuarentaytantos me conozco de memoria el punto exacto de calentura.

Voy recorriendo los clasificados con emoción, como protagonizando una película en la que me compro un apartamento en Palmas frente al mar para bochinchear con mi amiga Ñeca y un par de compinches de jangueo que tengo por allí. O mejor aún, me regodeo en los precios de los apartamentos del Condado, a donde me quiero mudar con mi marido ya viejos, para evitar montarme al auto con él conduciendo y yo como una lagartija pegada al cristal. No quiero que, en caso de accidente fatal y que Dios nos proteja, mis hijos se horroricen al encontrar escrito en el dash con mis uñas cortititas Uka was here o, como en las películas de terror, help, help.

Llego a la incómoda sección de viajes, tan flaca y larga, y me reafirmo en que nunca iré a Santo Domingo porque el bloque de especiales con nombretes, hoteletes y precios en letras toajuntas y bold se me hace imposible de entender. 4pax. ¿4 pax qué? ¿Cuatro pasajeros? ¿Pax mundial? Para colmo no hay uno que diga 6pax, o sea, que las familias de seis no existimos en las mentes monetarias de las agencias de viajes. Pues jódanse, no vamos.


Menos mal que hay otras ofertas tentadoras para mí. ¡Europa fenomenal! ¡América indígena! ¡Luxemburgo clásico! ¡España de la realeza! Por ahora no podrá ser, pero algún día nos montamos y a juyir crispín. Y llego a la página de siempre, la que me revuelca las vísceras porque es la que quiere, sueña, anhela y hasta planifica mi marido: Alaska.

Es que no puedo pensar que yo, la más friolenta de las friolentas, la que duerme en Guaynabo Puerto Rico, hasta en noche de verano con sábana, frisa y edredón, debo complacer a mi esposito congelándome hasta el culo, que bastante grande que lo tengo. Creo que lo hace por joderme, porque quiere que se me congele la lengua para que no hable durante el restante viaje y si fuera posible, para que no haya una cantaleta más.

Cierro el periódico y caput con el rito del domingo. Afortunadamente he logrado hacerlo una vez más antes que mi marido se despierte, secuestre el periódico, lo descuartice a su estilo y pase las siguiente dos horas leyéndolo de principio a fin con una pastosidad que luego de veinte años de convivencia sigue siendo la misma y sigue sorprendiéndome igual. No sé dónde deposita tanta información. Seguramente lo hará en las neuronas que se supone que llene con la información que le doy sobre lo que hay que hacer en la casa.

Me levanto y me dispongo a vivir el domingo. Y me rindo ante los ruidos típicos de un hogar de seis: “Mamáaaaaaaaaa”.

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