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EL MUEBLE QUE ME HIZO PENSAR

El camión que religiosamente pasa por mi calle todos los lunes para recoger los escombros se ha llevado un buffet que mi esposo y yo compramos cuando éramos novios, tan ilusionados, y que fue uno de los primeros y pocos muebles que habitaron esta casa cuando nos casamos.

Era el 1989, época del “white wash”, una técnica que se le aplicaba a la madera de color clara y que la dejaba con vetas blancas como desorganizadas y al descuido. En él colocamos la vajilla fina – que todavía anda dando vueltas – las bandejas, las copas, los bártulos de plata que se acostumbran pasar de generación en generación en la familia y que viven permanente instalados en una tablilla y sin usar. Años después mandamos, cansados de aquel blancucinamiento, mandamos a pintar el buffet de un tono madera oscuro que se puso hipar de moda y al que llaman huengue. El pobre estaba en vías de convertirse en un cascajo así que decidí botarlo.

Mi marido se opuso firme y tenazmente. Cómo era posible que por mi mente pasara aunque fuera de refilón la idea de botar aquel mueble? Se rehusó y lo plantó en la terraza, en el borde de una esquina en la que quedó así como quien no quiere la cosa, presente pero sin llamar la atención. Licores, vas’s del año de los dinosaurios, juegos de mesa (sí, antes no existían los juguetes electrónicos y se jugaba sobre una mesa), películas en dvd, en fin, toda reliquia en proceso de partir encontró resguardo en aquel cachivache al que ya le pesaban los años y tiraba de medio lado.

Lluvias, huracanes, vientos, calor, sol, la naturaleza se enchismó con aquel armario sin patas y lo cubrió con una apariencia ajada, seca, como en lascas que fue el empujón final para que el mueble abandonara la casa.

Así que hace dos días el buffet pasó de la terraza a la acera de la casa, ahí al frente, sin dignidad, a esperar que el camión se lo llevara, no sin antes requerir un ejercicio de desapego por parte de mi marido, quien hasta el último momento abogó por él como si fuera su hermano o su hijo.

Confieso que tan pronto escuché el ronroneo del motor de la furgoneta gigante entrando a la calle me dio penita y un tucutucu en el corazón. Ese mueble que compramos con tanto esfuerzo, juntando dinerito aquí y dinerito allá cuando éramos dos jóvenes pendejuelos (ahora somos dos pendejuelos viejos)…. Ese mueble que lucía pimpollete y bello contra la pared del comedor, erguido, funcional….Ese mueble sería atrapado por esas prótesis que tienen los camiones para recoger los deshechos, lo que supuestamente no sirve aunque una vez sirvió.  Tuve que respirar profundo cuando aquellos brazos de hierro que terminan en unos dedos gigantescos – algo parecido al traje a las manos que salían del vestido típico de Miss Universo – agarraron sin misericordia alguna el buffet y lo tiraron al fondillo del camión para ser conducido a su destino, la destrucción sin piedad gracias a una cabrona – yo – que dictó su sentencia de muerte.

Me sentí como mierda, como el verdugo de una de esas series sangrientas de Netflix. Y lo que es peor, se  me activó la conciencia de que yo también estoy vieja. Es más, soy más vieja que ese mueble. Yo también me voy ajando, el calor menopáusico me va quebrando, la lluvia ya ni me moja, los vientos ni me soplan. Yo también fui un pimpollete, caminaba erguida, culibomba, sandunguera y orgullosa porque en aquella bendita juventud tenía la capacidad de funcionar perfectamente a ese ritmo que hoy le llaman multitasking.

La cintura ya no existe, el culibombo colapsó, la maranta ya no existe, las rodillas emiten un sonido de crujido, llevo un surco horizontal que me cruza de lado a lado la frente y aunque el espíritu lo tengo intacto lo cierto es que ya va haciendo mella el cansancio. Eso sí, respiro aventuras, bailo, brinco, salto, y mi lista de proyectos por hacer y completar es más larga que la fila para comprar agua en tiempo de huracán. Pero es inevitable pensar.

Será que en unos años pasará por mi un camión igual?

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