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Lo que no me enseñó mi madre

(Estos párrafos tienen ya dos años. Sigo sintiendo igual. Lloro igual) 

Mientras lavo, pelo y corto el batallón de viandas, carnes y yerbajos con los que preparo mi tradicional sancocho navideño me parece escuchar clarísima la voz de mi madre, que seguramente violó las normas y reglamentos del descanso eterno para acompañarme en esta tarea en la que me acompañó durante unos dieciocho años. De hecho, ella fue quien me motivó una tarde en la que me rompía la cabeza intentando inventar una tradición navideña familiar y diferente. “Hagamos un sancocho”, me dijo. Y así fue y ha sido durante 23 años. Sancocho y pan para familia y amigos. Ese es nuestro regalo de Navidad para intentar reciprocar el amor, la solidaridad, el llanto y la risa que nos regalan durante todo el año.

“Siempre que estés fuera de la Isla, y que extañes a Puerto Rico, trata de buscar recao porque te olerá a patria”.

“Pero mami, en algunos sitios no hay recao”.

“Pues imagínatelo, que tu tienes bastante inventiva”.

El último sancocho de mami fue en el 2005, exactamente mes y medio antes de partir hacia ese cielo en el que la imagino contenta y sonreida. Ese 25 de diciembre tomó su platito en el cuarto porque ya no podía bajar las escaleras.

“Qué rico te quedó nena, y calientito”.

Siento su voz en mi alma… “cortemos primero todo lo del sofrito, recao, cilantrillo, ajicito dulce, pimiento, cebolla, orégano brujo, tienes que ponerle de todo…. corta bien el salchichón y el jamón de cocinar… qué rico…. recuerda el sabor que le da el hueso así que ni se te ocurra botarlo nena”.

“Pica bien la papita para que se deshaga y lo espese, la calabaza sin cáscara, no hagas trampa,  y también chiquitita, y mucha, mucha yautía, ñame, chayote, plátano, guineo, batata para un toquecito dulzón…”.

Mami, si supieras que me duelen las manos de tanto picotear en solitario. El maldito chinkunkunya me ha dejado tullida, eso no lo había en tus tiempos. Lorenzo me ayudó con los pimientos y las cebollas, pero el pobre por poco se vacía en llanto, le tocó una de esas cuyo olor se te mete por la nariz y hacen que los ojos te den vueltas… Si, ya sé, es bueno que participen para que se hagan hombres de bien.

“Nena, a los nenes hay que darle a oler las yerbas puertorriqueñas”.

Quizás por eso paso de vez en cuando por el lado de mis hijos y les meto una hoja de recao o cilantrillo en la nariz. “Huele mi amor, este es el olor de Puerto Rico”, me agarro repitiendo.

“Dále nena que falta el chayote, los plátanos, los guineos… compraste el repollo y las habichuelas tiernas?”.

“Todo lo tengo aquí má, no ves que la cocina está hecha un reguerete de bolsas desparramándose? Sólo me faltas tu mamita de mi alma, me faltas tú todos los días. Aprendí a preparar un sancocho sabroso, riquísimo, pero no he aprendido a vivir sin ti, te olvidaste de darme esa clase”.

Es extraño, siento algo calientito en el corazón, supongo que debe estar abrazándome…. imagino su voz temblorosa de llanto… “no mi amor, no te enseñé a vivir sin mi porque no es necesario… siempre estoy contigo”.

Feliz Navidad hasta el cielo!

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