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Esos odiosos espejos

Lo único que odié del crucero que acabo de realizar fueron los espejos de nuestro camarote. Huyéndole a la claustrofobia, a ese encierro entre cuatro paredes de madera que crujen con el vaivén de las olas, siempre que viajamos en barco lo hacemos en una habitación con balcón, que te permite asomarte, respirar el aire fresco, ver las llegadas y las salidas, en fin, tener un poco más de libertad dentro del encierro en ese hotel flotante en el que se entremezclan las culturas en un ambiente bastante agringolado. Pues bien, nuestro camarote tenía un mueble de esos que antes se llamaban coqueta, que integra una silla frente a un espejo grande, grande, acompañado de dos luces verticales adicionales.
“Fantástico! Puedo maquillarme y darme blower fuera del baño”, que es un recinto pequeñito en el que acomodas las carnes como puedes, especialmente dentro de una cabina en la que la ducha te moja porque te moja.
Frente al espejo grande de la coqueta, en la pared pequeña justo en frente y en perpendicular, otro espejo pero largo, de esos en los que uno se chequea a ver si se ve bien y sobre todo para constatar que no tenemos el vestido enganchado y andamos a pleno panty.
Me paré frente a la coqueta para arreglarme. Nice! Excelente iluminación, perfecta para cincuentonas cegatas como yo. Y entonces me percaté. Pacatán! A través de ese espejo veía mi imagen reflejada en el de atrás. Vista panorámica….ahora le llaman diz que wide angle o 360. Quedé petrificada, congelada ante el espectáculo de ver la plenitud de mi cuerpo, la abundancia de rollos, el culete cayendo. Son horribles esos espejos. Son odiosos esos espejos. Es más, deberíamos protestar para que los arranquen de una buena vez y eviten el infarto emocional de aquellas que, como yo, nos hemos ensanchado. Carajo! Resulta que tengo la espalda ancheta, rolleta, nadita de aquel asomo de columna vertebral que se ve tan sexy en los vestidos con escote atrás.
Entonces viene ese espacio en el que antes hubo algún amago de cintura y lo peor, te lo ves por alante y te lo ves por detrás. A mi es como si me hubiera nacido un cuerpo adicional. Horror de horrores! A continuación, ocupando tres cuartas partes de la anchura del espejo, un culete humillado por las libras y por los años. Lo que antes fue rimbombante, cachondo, presumido, ahora es una masa sin definición, una cosa ni redonda ni cuadrada. Del tiro y del susto me agarré al espaldar de la silla y comencé a subir la pierna hacia atrás, en ese movimiento de péndulo que te levanta el pie desde el piso hasta la mitad del cuerpo y que se supone que te levante lo que haya para levantar. Quise cerrar los ojos y que por arte de magia aquel culete sin forma se convirtiera en un culibombo alzadito y gracioso.
Me aguanté las lágrimas como buena macha mientras mentalmente le mentaba la estirpe al ingeniero que construyó la nave y a quien se le ocurrió colocar ambos espejos de forma que reflejaran a uno por completo. Todo lo largo, todo lo ancho, todo lo caído, todo lo esbembao, todo lo que fue…. Y no fui la única. Tan pronto entró a visitarme mi amiga Marta, que estaba a dos camarotes del mío, me comentó lo mismo. Eramos dos las encabronadas con el la línea de cruceros, el ingeniero, el arquitecto, el decorador, y hasta con el manufacturero de los putos espejos.
No me he vuelto a mirar. Tengo cargo de conciencia porque hace meses que no hago mis caminatas mañaneras, que no me arreglan el cuerpo pero que por lo menos me aplacan la conciencia porque siento que estoy haciendo algo. Mañana, si no llueve – porque el blower no es negociable – me tiraré a la calle a caminar como desquiciada a ver si por lo menos alguna onza se recoje a buen vivir.
Mientras tanto, odio los espejos.
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